Hell-o telelectores. Ya sé que el festival tuvo lugar hace dos semanas, y que la crónica debería haber visto la luz hace ídem. Pero c’est la vie, acabo de recuperarme de los estragos físicos, mentales y emocionales de tal evento y hasta ahora no ha sido posible hablaros de semejante maravilla. El caso, que allá voy.
El viernes llegué a Salamanca en un coche amplio por dentro y mágico por fuera —de estos que te acercas con la llave en el bolsillo y se abren solos, prometido—, merendé a base de pinchos de franquicia cervecera y enfilé al Trece Monos. El ambiente dentro era cálido pese al clima castellano que azota sin tregua la ciudad charra cada invierno, y un gentío considerable esperaba el arranque de los acordes de Felizonia, única banda del cartel del viernes en soportar el peso de ser representación local. Los chicos molan, hacen canciones melancólicas y atraen un séquico de amantes danzantes que amenizan sus conciertos —les vi en la pasada edición de este festival y el concierto fue una fiesta. Si te gusta el indie para bailar pegados, mitad distorsionado mitad sintetizado, y Futurama, te encantarán.
Round two: el escenario se deconstruye y queda sólo una batería a medio montar con una pandereta sobre el charles y una Fender de purpurina que brilla más que los focos que débilmente iluminan la nave. Yo, que ya he visto el fenómeno King Cayman en acción, sabía a lo que atenerme y antes de que empezara a aporrear todos los pedales que le rodean y rasgar las cuerdas ya me había quitado el jersey y remangado los pantalones para bailar. Pero claro, al resto de presentes la falta de respeto a la calma que ejerce este tipo en cada concierto les pilló desprevenidos, y no sabían si bailar, saltar o gritar «joder, cómo me flipa el rock&roll», como hizo en repetidas ocasiones un chaval a mi lado. Temazos de su último disco como «Knife, Stab, Trash»,—mi favorita— «Phantomstashed» o su adictiva versión del «Where you gonna go?» de Art Guy caldearon la noche y la acercaron un poco más a su ecuador, que llegaría de la mano de My Expansive Awareness.
Bueno, esta gente: qué decir. El quinteto maño psicodélico se dejó la mesura y el cuidado en casa, cosa que siempre es de agradecer, y pusieron un toque mágico e hipnótico a la velada. Era flipante: cinco personas tocando a todo trapo, llevándonos de viaje. Combinaron su elegancia y sensualidad —que a mí este tipo de música me parece requetesexy— con una contundencia casi ofensiva, y con los temas de su último trabajo «My Expansive Awareness» (Analog Love, 2015) habiendo infectado mi sangre en Madrid, el directo fue mucho más llevadero: me quedo con el ritmazo «Wake Me Up» para sacudir la pereza de las caderas y declararme fan incorrupta de esta gente.

Lo mejor de la noche fue que, tras una primera mitad respetuosa con todos los públicos y la calma festiva, llegaron Karpatos y se cargaron todo el bienestar posible. Llegan y se vacía medio Trece Monos, no sé si por las horas o porque su vocalista lleva una máscara que ofende a la democracia. Animales. Hardcore ochentero bruto y sin miramientos, con un rollito violento a lo Hoax, unos tempos agresivos que ya quisieran haber conservado Ceremony y una puesta en escena que habría hecho enternecerse a GG Allin. Me quedo con ellos en el primer día, con permiso de My Expansive Awareness y su maestría ondulatoria.

Estamos arribísima, porque en serio, esto está siendo brutal. Ya sólo quedan Osoluna, los Converge cántabros. Mola mucho cuando vas a conciertos y notas que la gente realmente espera ver a un grupo, porque se dejan la piel, vociferan los temas y deseas vivirlo de esa forma. Para mí era la primera vez que veía en directo a esta gente, y su técnica y buen hacer me dejaron con el culo pegado al sofá del Trece Monos un ratito y agitando la (mini) melena el resto del tiempo. Viva el ruido bien hecho.
El segundo amaneció despejado, y las ganas de cogerlo por los cuernos eran aún mayores que las del día anterior, dado que los sucesos previamente acontecidos nos habían dejado con ganas de otra jornada cuanto menos parecida a la del viernes. La movida empezó a coger forma con Chico Ancla, trío de punk-pop/rock/emo bailongo local, que en una canción contó con la colaboración de los vocalistas de otra banda salmantina que besa poquísimo para lo mucho que quiere hacerlo. Detrás de ellos estalló la locura, pero no en plan pogos bestiales, gritos y gente sangrando: locura en plan «qué-estoy-viendo» (y por qué no lo había visto nunca antes); me refiero a Trilitrate, otro trío también, pero esta vez de Vigo y con un formato de flipar, compuesto de guitarra acústica, violín, acordeón, cajas con clavos, pollo de goma y timbre de recepción de hotel de tercera regional B. Crearon una atmósfera mágica, rompiendo con todo lo anterior y todo lo posterior, formando con sus bohemias y brutas melodías un viaje al centro de Praga, o a los guantes de dedos cortados de un señor que se ríe de los políticos a gritos en la calle. Id a verles si pasan por vuestro barrio. De verdad.

Tercera entrega del sábado: canallismo y clase de parte de Faux. Otro trío (¿lo hicisteis adrede, salmantinos?), de Madrid, de formación black sabbathera y pasión por la década que les vio nacer. Les cacé en otra ocasión en Madrid, pero tenía ganas de volver a cogerles de las chichas ahora que han rotundizado su sonido con unas robustas líneas de bajo que llegan siempre a tiempo. Lo dieron todo, sudaron, aporrearon sus instrumentos con extremidades que no corresponden, saltaron y perdieron prendas de vestir en la contienda. «Fireking» es un single perfecto para un anuncio de coches, tal y como a ellos les gustaría, y en breves sacan con Ruggle Records su primera reseña. Seguidles la pista, que a estos chicos les están saliendo muchas novias y como os descuidéis os los levantan.
Vulk, compartiendo formación con Karpatos, pusieron una nota de post-punk violento al festival y se convirtieron desde el principio en mis favoritos del segundo día —y del fin de semana. Agresivos pero elegantes, punkis ochenteros con bajo a todo trapo y calcetines blancos, poniendo puntos sobre íes y creando canciones-leyenda que al primer segundo de escucha sabes que son un hit. Muy muy buenos, prestadles atención también a ellos, que están cuajando cosas riquísimas para mimar oídos y alimentar esperanzas en una nueva generación de músicos nacionales de aúpa. Y para terminar los eternos Diana Lagarto, con el omnipresente Caba al micro y un sonido hijo del matrimonio entre el punk y el post-hardcore, un ruido elegante con letras políticas y trabajadas, de las que hacen herida si se les presta atención. Ejecución limpia y público entregado con los bilbaínos, que hicieron de su show el cierre perfecto a un festival casero y espléndido, hecho con cariño y dedicación en un espacio que ojalá tuviéramos en la sucia Madrid.

Y así transcurrió el Monosonoro desde mi retina, desde mis tímpanos y mi cerebro. Igual si me habéis leído otras veces pensaréis «o esta tía sólo va a fiestones de la hostia o no tiene criterio y le encanta todo…o exagera como la que más y en realidad no es para tanto». Pues efectivamente y no: id al próximo Monosonoro y me contáis vosotros la magnitud del terremoto musical y el júbilo fraternal que allí se inventa y celebra, anda.
Un gracias enorme a Arturo Herrero por hacer las veces de reportero gráfico y donarme sus fotografías para este artículo.


