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Groezrock; algo se muere en el alma, cuando un amigo se va

«Si algún día me pasa algo, traéis mis cenizas al verde pasto del Groezrock y las esparcís aquí». Esa frase ha salido de mi boca en más de una ocasión, mientras, cerveza en mano, descansaba y disfrutaba del sol (cuando había, y al principio siempre había) entre grupo y grupo. Y es que diez Groez son muchos Groez.

Tuve la suerte de asistir, sin fallo alguno, diez años seguidos a Meerhout. La posibilidad de disfrutar diez veces de uno de los festivales que sirvieron de puerta de enlace para muchos otros que vendrían (y seguirán viniendo), y la cita musical para amantes del punk rock / ska / hardcore (y derivados)  que hacía que USA, cuna de muchos de los grupos que completaban el cartel año tras año, mirara, por fin, con envidia al viejo continente. Bélgica se convertía en el último fin de semana de abril en la capital mundial del punk, y un lugar de peregrinaje donde asistentes de todas las partes del mundo se olvidaban de todo durante un fin de semana de música, cerveza y jäger.

Allí vi por primera vez a grupos que no solían pisar Europa asiduamente, pero también infinidad de veces a esos básicos que nunca fallan y que cada dos años de intervalo solían aparecer en el cartel. Allí hice miles de amigos, no solo de cualquier parte de España, sino de cualquier parte del mundo, y allí pase diez ediciones que no olvidaré jamás. ¿Quién no recuerda la carpa Etnies «back to basic» petada hasta fuera con cualquier grupo hardcore haciendo que la pasión y los stagedivings nos pusieran los pelos de punta?,¿o a la gente subiéndose en las  columnas del  escenario principal?, columnas que por cierto,  años después, fueron forradas de madera para evitar males mayores, ¿o esa edición en la que hubo una preciosa carpa (con lampara de araña incluida) donde los acústicos se cantaban como si fueran eléctricos?.

¿Quién no recuerda a «Pantani» con su maillot y sus brazos repletos de pulseras hasta la altura del codo?, ¿o a los asistentes que última hora de cada jornada juntaban las mesas de madera, las embadurnaban de cerveza y se deslizaban para ver quién llegaba más lejos?. Y el Camping, ese lugar donde jamás se dormía y donde la helada mojaba la hierba y te las hacía pasar canutas. ¿Y qué me decís de esas colas que se formaban (donde casi todo valía) para montarte en uno de los preciados buses que te llevaban gratis al festival desde la estación de tren?. Bendita juventud.

La llegada de otros festivales, problemas con el alquiler del terreno y un, más que posible cambio de gestión del festival, hicieron que se necesitara un año sabático tras el que yo sabía que, muy probablemente, el Groez como tal nunca volviera. Mucha gente se aferraba a la idea de que todo volvería a ser cómo antaño, pero la frase de «no te vayas todavía, no te vayas por favor» sonaba más a lamento que a ilusión. Estamos en Marzo, y no hay noticia alguna del Groezrock ( al menos como siempre lo hemos conocido) y se da por hecho que ha desaparecido. He leído algún comentario en facebook que añade más veracidad a esta tesis y, desgraciadamente, no me pilla por sorpresa.

Abril era siempre el mes del Groez. De las pulseras coloridas de tela que se quedan en tu muñeca año tras año. Y de juventud. El festival empezó como tal en el 1992 y es muy posible que haya acabado con la edición del 2019, aunque para mí lo hiciera en el 2016, última vez que asistí. Espero equivocarme, y que la organización nos sorprenda. Sin embargo,  ya sabemos que el calla otorga, y el silencio es lo único que, a día de hoy, tenemos. Gracias por todo Groezrock, gracias por todo Meerhout, gracias por todo Bélgica. Habéis formado parte de unos años que siempre estarán en mi recuerdo.

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